José Ignacio Agorreta

Prensa

Alberto Barandiarán (Berria)

09/11/2012


 

 TABAKALERA NO VOLVERÁ A EXISTIR

(traducción de Pello Lizarralde)

 

 

Si entendí bien lo que quiso decir en una de las primeras entrevistas que concedió tras su nombramiento, Ane Rodríguez, nueva responsable de Tabakalera, está preocupada por la pérdida del espacio interior del edificio. Es una preocupación muy comprensible. Rodríguez ha trabajado durante los últimos años en el centro cultural Matadero de Madrid y sabe, por lo tanto, lo enriquecedor que resulta aprovechar todas las posibilidades que ofrece un espacio singular. No, lo extraño no es que esté preocupada, sino lo contrario: decir que un espacio tiene “demasiada personalidad”; ser consciente de cómo desaparecen ante nosotros lugares unidos a nuestra memoria y, a pesar de todo, continuar como si nada sucediera; repetir una y otra vez que las cosas no pueden hacerse de otro modo. No, lo sorprendente no es que la directora de un centro que pretende dar personalidad a la ciudad se muestre preocupada, sino que los anteriores responsables no se hayan escandalizado.

         Probablemente, muchos donostiarras y no donostiarras conocieron la antigua fábrica aledaña a Atotxa en 2007, cuando el artista Julian Schnabel expuso su colección Summer. Me atrevería a decir que mucha gente se sorprendió no con la excesiva, pretenciosa, vana y a menudo banal pintura de Schnabel —mucho más hábil con la cámara que con el pincel—, sino con el protagonismo que exigía aquel espacio, que casi convertía en invisibles los cuadros. Al menos, leyendo los comentarios del libro de visitas situado a la entrada, parecía claro qué era lo que más emoción había producido a los visitantes: los gigantescos techos, las pinturas desconchadas de las enormes puertas, los enchufes industriales, los tubos, cables y otros complementos de la estructura que cruzaban todas las paredes de arriba abajo y de izquierda a derecha. Y la pátina. Sobre todo, la pátina. Aquella pátina que confería a todas las estancias un ambiente poderoso, sugerente y de gran cromatismo. El propio Schnabel dijo que el recinto completaba su obra, y que no conocía algo parecido.

         Hay edificios, pocos, que se apoderan del espacio hasta dejar todo lo demás en un segundo plano. En otra época, se levantaban iglesias y catedrales para buscar un efecto similar. Cuando eso lo consigue un edificio civil, resulta memorable.

         Dicen que tenía “demasiada personalidad”. El edificio de Tabakalera. Ya lo han derribado.

         Contemplando los cuadros que José Ignacio Agorreta ha colgado en la galería Echauri de Pamplona, me asalta el recuerdo de Tabakalera. Penetrando a través de las grietas de casas abandonadas, el pintor se ha apoderado con gran delicadeza de la intimidad de los espacios. Valiéndose de la luz que atraviesa los cristales polvorientos, ha rescatado formas de la oscuridad. Gracias a los tonos grises, amarillentos y ocres, ha pintado con sutileza la decadencia de lugares que alguna vez fueron habitados.

         Los interiores que muestran los cuadros no son imágenes atrapadas en un instante concreto, no son la reproducción personal de una fotografía sacada al vuelo, o el simple parpadeo de una fugaz mirada. Es el tiempo, que no se detiene. No hay pausa. La vida transcurre más allá del foco que delimitan las puertas y ventanas, y el ojo atento que procura captar la atmósfera de los cuadros puede llegar a tener la impresión de que, llegado el momento, la luz se  desvanecerá y el cuadro se irá apagando, apagando, hasta desaparecer por completo. En estas estancias vacías, Agorreta ha imaginado la vida silenciosa: una mañana como otra cualquiera; el ambiente de una tarde aburrida; el sosiego tras la nada. En los lienzos se vislumbra la nostalgia de lo que pudo haber sido, que nos sugiere que nuestra memoria habita en el rastro dejado por el tiempo en las cosas más próximas: una pared deslucida, una silla abandonada, la cortina rasgada junto a la ventana, las piedras amontonadas.

         Si es ahí donde perdura lo que fuimos, Tabakalera no volverá a existir. “Demasiado personal”, dicen. Si estuviera en el lugar de Ana Rodríguez, yo también estaría preocupado.

 

Alberto Barandiarán (Berria)